Gonzalo Lebrija

O LA LEVEDAD DE LA AVENTUTRA

Por Adriana Herrera Téllez | marzo 17, 2011

El instante concentrado”: esa síntesis de tiempo e intensidad vital que Gonzalo Lebrija comenzó a perseguir en su aprendizaje como asistente de fotografía en cine cuando descubrió que en lugar de la lógica secuencial de una larga narrativa, bastaba el clímax de esas escenas capaces de contenerlo todo, explica la coartada icónica hipnótica de sus obras, capaces de convertir el intento de lo imposible en juego. Está, por ejemplo, en Matapalomas: un rifle de caza fijado con cintas en una pared cercana a la ventana de su altillo en Guadalajara con el fallido fin desde su inicio de espantar a las palomas. O en la belleza surrealista de la superficie roja de una máquina moderna deseada un Ferrari que ubicó dentro de la arquitectura neo-clásica del Museo Cabañas de la misma ciudad. y convirtió en espejo de los murales donde Orozco pintó a Prometeo como un falaz intento de proyectar la metáfora del robo del fuego a su propio intento.

Black Marlin, 2009. Bronze, fiberglass, 118 x 47.2 in. Pez aguja negro, 2009. Bronce, fibra de vidrio, 300 x 120 cm. Courtesy/Cortesía Galerie Laurent Godin, Paris

En un tiempo donde los grandes relatos se desarticularon y, como escribió Raymond Chandler en El sencillo arte de matar, la única aventura posible es el arte, Lebrija tiene la astucia legítima de un nuevo Ulises que ha ido a la deriva, cazando instantes concentrados, con una rara combinación de distancia mental y proximidad física frente al mundo que recorre, quizás sin advertir que no sólo ha dejado tras de sí indelebles rastros de episodios que ocurrieron como respuestas precisas a un espacio-tiempo, sino una travesía que revela parte del enigma del artista posmoderno.

El hilo de sus andanzas es un ensayo sobre la aventura en un tiempo donde ya no hay épica. Enfrentando la ausencia de grandes propósitos, en lugar de repetir el gesto nihilista o el exhausto esfuerzo transgresor, inventa una lúdica. La aventura como indica su etimología, originada en advenire supone disponerse a “lo que ha de venir”. Lebrija la emprende ya no desde el anhelo moderno que -como Brian McHale precisa, buscaba una epistemología posible del mundo; sino desde una exploración conectada al ser, ontológica, que define las estrategias del arte y de la vida, y recurre a la más ancestral y divertida de éstas: el viaje. Desde los iniciales Autopaisajes que atrapaban la geografía del entorno en la superficie metálica de los autos, hasta la serie de The Distance Between You and Me, donde la cámara graba la carrera que él emprende hasta desvanecerse en el horizonte de distantes lugares, el viaje se cumple con la ligereza del juego, sin perder por ello su poder iniciático y supone un punto de fuga hacia otra parte. Lebrija elude la tragedia, incluso si el trayecto desemboca en la disolución, como en aquel coche negro en picada de Entre la vida y la muerte (Breve historia del tiempo) que arroja en un lago, en una escena tomada a 150 cuadros por segundo, de modo que la lentitud (antípoda del tiempo que va hacia la nada) da a la caída la cualidad suspendida de una suave inmersión, y el objeto desaparece entre bellas ondas.

No hay tragedia tampoco porque el espectador asume la naturaleza de sus juegos de ficción incluso en las travesías extenuantes como la de la R75/5 Toaster donde su propio cuerpo está comprometido. Viajó a 40 grados bajo el sol, desde California hasta el museo Carrillo Gil en Ciudad de México en una moto sucedánea de sí (modelo 1972, año de su propio nacimiento), pero el límite de la empresa no es el de los accionistas vieneses, y ni siquiera el de las búsquedas de Bruce Nauman o Chris Burden, sino el de exploraciones abiertas a un sentido lúdico del “fatum” (sino, destino, extrañeza) que lo lanza como a Baudelaire en Le Voyage al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo”, pero de tal modo que en lugar de caer en el abismo, flota.

La caída de este Ícaro posmoderno tiene la malla de la levedad, como en Catch my Fall donde el vuelo es hasta el techo de la habitación con una pijama de estrellas y el desplome ocurrirá sobre una cama. “Fue dice como encobijarme con el universo para arrojarme al vacío”. La aventura desemboca en imágenes ficcionales donde convergen de modo insólito y sin fricción planos aparentemente contradictorios dibujando para sí o para otros destinos posibles. La máscara (phersus, raíz de persona) de un papel que daba identidad en la antigüedad, permite la invención de destinos movidos por el azar y salvados por el humor.

Impregnar de esa actitud los espacios menos lúdicos es un modo de erosionar las narrativas del poder que siguen funcionando en medio de la extensión del capitalismo y de múltiples hegemonías. En Éxodo (Competencia de aviones) hizo jugar a un bufete de abogados con aviones de papel, y en Asterion, un ejecutivo jineteando un toro acaba viendo volar los papeles de su portafolio en esa atmósfera sin gravedad y en cámara lenta (de nuevo levedad y lentitud disuelven lo trágico). Esta misma estrategia del juego como vía de salida animó Three White Horses, producida como respuesta a la presión creativa cuando hacía una residencia artística en Braziers Park en Inglaterra. La fortuita imagen de unos caballos blancos en una caja de fósforos lo llevó a traerlos de la imagen a las praderas del lugar, donde pastaron en montones de heno apilados por José Miguel Suro formando la palabra burocracia.

En la aventura de sus obras, abierta al azar y la vulnerabilidad, recorre los relatos de la modernidad que se agotaron. En Dirty Wish (2007), una mancha negra de tinta, en el impoluto cielo donde la modelo rubia está al lado de un elegante auto, en un sereno paisaje desarticula la imagen de confort americano. En dos trabajos hechos en colaboración con José Dávila muestra que lo que queda es el gesto lúdico en el confín de un territorio. Una pieza es la foto de un oso polar en frágil equilibrio sobre una esfera que representa el mundo y tiene como texto (y título) El mundo de ayer la autobiografía que Stefan Zweig escribiera como testamento en 1941, antes de su suicidio en medio de la guerra, y en donde escribe “es la época la que pone las imágenes, yo tan sólo me limito a ponerle las palabras”. La otra es un reciente film donde ambos artistas juegan racket mientras se escucha la voz de un locutor francés leyendo Simulacros, de Baudrillard, y en una sala distinta se escucha en una pantalla sin imagen el sonido de los rebotes de la pelota. No es azar que el juego suceda entre la disgregación del discurso. Pero los juegos de Lebrija involucran la travesía de la identidad en la tensión del tiempo transcurrido (de ahí su autorretrato de espaldas, con la cabeza hundida, rodeado por las fechas de On Kawara) e incursiones en narrativas de otros tiempos que reactualiza desde un ahora asumidas como pequeños relatos que son respuestas inmediatas al entorno. Obras de ficción que en medio de la distancia conceptual, contienen un hondo sustrato emocional y rastros de la proximidad física de su cuerpo con el mundo como afirmación instintiva a un tiempo violenta y poética de lo real.

Si hay parodia en la imagen donde se retrata como un héroe domeñando una escultura ecuestre, Lebrija es jinete y abandona su estudio para pasar días enteros de pesca. En esa escultura surrealista del pez aguja que emplazó en lo alto de un edificio en Miami Beach acecha la belleza concentrada del instante magnífico de su salto entre la vida y la muerte fuera del agua, y la metáfora, común al presente, de lo que queda cuando se termina un territorio. En su reinvención del artista posmoderno oigo un eco nietzscheano que habla de la embriaguez de vivir “sin detracción, ni elección, ni excepción”- y aquella conclusión de los últimos días del filósofo: “No conozco otro modo de tratar con tareas grandes que el juego”.

Perfil:

Gonzalo Lebrija (Ciudad de México, 1972). Co-fundador de la Oficina para Proyectos de Arte (OPA), ha sido un eje en la internacionalización de la escena del arte contemporáneo en esta ciudad, y él mismo ha alcanzado en corto tiempo una fuerte resonancia internacional. El Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México organiza la primera exhibición que abarca la trayectoria de su carrera. Entre sus exposiciones individuales destacan: “The Distance Between You and Me”, I-20 Gallery (NY, EU, 2010); Proyección de videos en la vía pública, “LAND” (LA, EU, 2010); “R75/5 Toaster”, Galerie Laurent Godin (París, Francia, 2008); “Gonzalo Lebrija” Ikon Gallery (Birmingham, Inglaterra, 2007); “R75/5 Toaster”, Museo de Arte Carrillo Gil (Ciudad de México, 2006).
Ha participado en numerosas exposiciones colectivas: “Energy Effects”, MCA Denver (Denver, EU, 2010); “Les enfants terribles”, Colección Jumex (Ciudad de México, 2009); “Videonale 12”, Kunstmuseum Bonn (Bonn, Alemania, 2009); “Viva México!,” Zacheta National Gallery of Art (Varsovia, Polonia, 2007); “Territory”, Artspeak y Presentation House gallery (Vancouver, Canada, 2006); “InSite05” (San Diego, EU, 2005); “Eco. Arte mexicano”, Museo de Arte Reina Sofía (Madrid, España, 2005); “So Far so Close,” Americas Society (NY, EU, 2004); “Zebra Crossing”, Haus der kulturen der welt (Berlín, Alemania, 2002. Vive y trabaja en Guadalajara.