Carla Amaral

Metáforas del espacio
By Gonçalves, Lisbeth Rebollo
Carla Amaral
  Carla Amaral pertenece a la generación de pintores que emerge en el escenario artí­stico brasileño durante la década de 1980, perí­odo de gran efervescencia en el arte contemporáneo y que estuvo signado, entre otras cosas, por el resurgimiento de la pintura y por la experimentación de sus medios. La artista, desde los inicios de su trayectoria, viene realizando muestras individuales e integrando otras colectivas, en Brasil, en otros paí­ses de Latinoamérica y en Europa (Suiza y Francia).
El problema del espacio es fundamental en la investigación estética que Carla desarrolla en la actual etapa de su trabajo. Se presenta como un tema central, no sólo en la construcción de la imagen pictórica, sino también, simbólicamente, como eje principal de una significativa imagen poética que su pintura sugiere.
En el lenguaje pictórico, el espacio es amplio y abierto, casi siempre con la predominancia del monocromático, a pesar de contener elementos figurales inscriptos. No obstante esos elementos, el color se expande hasta los lí­mites del tejido de la tela e inquieta al observador. Casi siempre, los datos figurales aparecen centralizados, habiendo un juego dinámico entre "figura y fondo". La fuerza del dibujo sobresale de entre los elementos que están inscriptos en el campo monocromático.
En el plano simbólico, el espacio abierto y amplio, con su monocromí­a predominante, construye una metáfora de la tensión que la vida urbana nos impone en las grandes ciudades. El espacio aparece devastado. En él se amontonan edificios tortuosos y flotantes que ponen de manifiesto el aturdimiento, la opresión, la inestabilidad y la soledad de las megalópolis, del ser humano que en ellas habita y que vive a su ritmo alucinante.
Los trabajos de Carla Amaral muestran, en el marco de estos espacios urbanos, recortes de ciudades imaginadas. La imagen del edificio corresponde a la de la casa, en sentido bachelardiano, pero la artista acentúa la ruptura del devaneo. El edificio se preña de valor humano como casa, es sí­mbolo de la humanidad, es el lugar donde el ser humano se defiende y lucha intrépidamente, resistiéndose a las tempestades que lo atormentan, que pugnan por destrozarlo, arrancarle el tejado, doblegarlo y abatirlo.
La imagen de la casa es la imagen de la protección, de la seguridad, del amparo y del reposo. Pero también es un lugar de soledad. El edificio, como morada, supone la concentración de las personas. Es fortaleza superpoblada y, al mismo tiempo, aislada; lugar desde donde cada uno, por sí­ mismo, resiste a los ciclones. En sus pinturas, la imagen de la casa como lugar de abrigo y protección se torna inestable, pues todo es tortuoso, todo está en desequilibrio. El edificio-casa adquiere las energí­as fí­sicas y morales de un cuerpo humano, de un ser vivo que existe en situación de resistencia. La casa ayuda a decir: seré un habitante del mundo, a pesar del mundo...; de esta forma, la casa lleva al ser humano a un heroí­smo cósmico.
En el trabajo de Carla, hay un efecto de "ciudades espaciales", flotando en el cosmos, una dimensión cósmica que propone cierta temporalidad, más cí­clica que cronológica, para la existencia. La casa y el universo se confunden y, de esta manera, se establece una especie de comunión entre el hombre y el cosmos.