CLAUDIO GALLINA

Una Visión Totalizadora
By Sánchez, Julio
CLAUDIO GALLINA

Qué evoca la imagen de un escolar? Seguramente nuestra propia infancia, nuestra escuela y todo su horizonte: compañeritos, bancos de madera y hasta nuestra maestra preferida. Yo mismo no puedo dejar de evocar a la señorita (entrada en años) Obdulia que, en mi segundo grado y en ocasión de mi primera comunión, me regaló un libro de leyendas australianas, que todaví­a conservo, por cierto. Razones no faltan para sostener que gran parte de las imágenes funcionan especularmente: no vemos al otro, sino lo que hay de nosotros en el otro. Frente a las pinturas de Claudio Gallina difí­cilmente podamos dejar de evocar nuestra propia escolaridad. Los bancos de madera, los pizarrones negros, el olor a tiza y los guardapolvos acuden a la memoria como si cada cuadro mutara en celebérrima magdalena de Proust. Las escenas suelen estar pintadas en un interior, no reconocemos si de una casa, un aula o un patio. En todo caso sí­ sabemos que la interioridad del espacio corresponde a la interioridad del sujeto. Cada escena es una exploración hacia el pasado, hacia los recuerdos de infancia atizados por una nostalgiosa felicidad.
Gallina parte de documentos fotográficos concretos, va a las escuelas con su cámara y registra escenas escolares, retratos colectivos e individuales. Ninguno de los escolares luce uniforme de colegio privado; el guardapolvo es un sí­mbolo de educación democrática, es un "uniforme" (etimológicamente: una sola forma) que iguala a todos aquellos que lo visten. La observación es válida en un paí­s como la Argentina donde la educación ha sido -y en parte sigue siendo- la deuda interna del estado; situación que es familiar en varios paí­ses de Sudamérica. Este es el costado crí­tico de las pinturas, un llamado de atención sobre la educación pública. Gallina no se preocupa tanto por la denuncia, sino por acentuar la expresión de los rostros. Algunos parecen aburridos, quizás esperan la hora del recreo, quizá estén resignados a un régimen educacional algo vetusto. La mayorí­a disfruta de un bienestar edénico; ellos juegan, aprenden y charlan arrobados en un pensamiento perdido.
De todas las materias que se enseñan en la escuela, hay una que le interesa a nuestro pintor, el dibujo, naturalmente. ¿Y qué dibujan? Casas. Este es el otro gran tema de la pintura de Gallina; podemos descubrir casas por doquier, desde el clásico dibujo infantil, el arquetipo de la casa, hasta el primitivo hogar de hombre de la Edad de Piedra, el árbol. También aparece como la sofisticación de un castillo, no las fortalezas medievales, sino aquellos del cuento que se lee antes de dormir. La escuela misma es un segundo hogar, según se afirma popularmente.
Más allá de la figuración explí­cita, de los niños y su universo escolar, encontramos en las pinturas de Gallina, estructuras geométricas especiales. Casi todas tienen un centro y remiten a la figura del "mandala"; la palabra proviene del sánscrito y significa "cí­rculo sagrado", designa a figuras geométricas -más o menos complejas- organizadas alrededor de un centro. En las pinturas de Gallina puede haber cí­rculos y también mandalas solares, es decir, organizados como los rayos del astro, tal como aparece en Mandala de los sueños o en el mural que está pintando para la Universidad de Tres de Febrero, en la provincia de Buenos Aires. En esta obra uno de los niños está fuera del mandala, para Gallina esto es una expresión clara de la exclusión del sistema educativo. El mandala es el lugar sagrado, donde el individuo está conectado con lo superior; en sentido más amplio, más allá de la narrativa particular de Gallina, cualquier excluido del mandala se margina a un espacio profano. Leer de lo particular (la educación) a lo general (la vida sagrada) no es desacertado si pensamos que la estrella del mandala tiene doce puntas. Doce es el número de las divisiones espaciales y temporales: multiplicando el cuatro -de los puntos cardinales- por el tres -planos del mundo: cielo, tierra, inframundo- obtenemos doce; y son doce los meses en que dividimos el año solar. En otras palabras, el doce simboliza el universo en su desarrollo espacio-temporal. De ahí­ que la exclusión de ese niño del mandala pueda leerse como una exclusión aún mayor. Esta visión totalizadora se refuerza con el punto de vista alto que elige Gallina para pintar; las escenas no se ven desde los ojos de niños, sino desde un observador encaramado en lo alto. La dualidad entre lo particular y lo general tiene su correlato en otra dualidad, la del lenguaje pictórico; Gallina muestra su destreza en el dibujo y la pintura figurativa, pero también mancha, chorrea y salpica pintura, aunque premeditadamente, sin demasiada euforia.
Gallina apunta a lo más personal del espectador, la memoria de sus años escolares, y desde ahí­, desde la conciencia más í­ntima, hace que comience a latir un impulso que se expande -como un mandala dinámico- hacia una conciencia universal.

Egresado de la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón; cursó estudios de escenografí­a con el profesor Lerchundi, escenógrafo y vestuarista del Teatro Colón; y concurrió a los talleres de Osvaldo Attila, Cristina Santander, y Armando Sapia, entre otros. Realizó escenografí­as para televisión y teatro.