EDUARDO CARDOZO

La Geometría de la Incertidumbre
By Rocca, Pablo Thiago
EDUARDO CARDOZO

Nacido en Montevideo el 19 de abril de 1965, egresó a los 24 años del taller de Ernesto Aroztegui en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Estudió también durante cuatro años en la Facultad de Arquitectura y paralelamente, grabado con Luis Camnitzer.
Realizó su primera exposición individual en 1989. Ese mismo año obtuvo el Primer Premio en la Cuarta Muestra de Plásticos Jóvenes.
Seguirí­an luego otras seis exposiciones individuales a las que se sumó su participación en otras colectivas en Uruguay, Madrid, Berlí­n, Buenos Aires, Porto Alegre y Pekí­n. La distinción más importante llegó con el Primer Premio en el Salón Nacional de Artes Plásticas en 2004.
Junto a Tato Peirano formó el Sitio de Montevideo, sociedad artí­stica dedicada principalmente al arte conceptual. Las comprometidas obras de este grupo fueron exhibidas en bienales de arte como las de Porto Alegre y Ecuador. Uno de sus proyectos más recientes es la animación La Oveja Negra, ganadora del Primer Premio de La Pedrera Short Film Festival 2004.

Cuando Eduardo Cardozo (Montevideo, 1965) obtuvo el Gran Premio del Salón Nacional de Artes Visuales (2004) aseveramos que su pintura era la antí­tesis del arte decorativo y de fácil asimilación. Estos trabajos son un paisaje de ideas, pero no de las puras ideas abstractas, sino de los pensamientos muelles y aletargados, quizás una pintura que padece en carne propia la ausencia de sentido histórico.(1) Esa carencia de sentido, esa falta de convicción en un futuro posible es, empero, fruto de un largo proceso histórico cuyas consecuencias sociales se nos han revelado con todo su rigor en la honda crisis del último lustro. Desde hace al menos una década la pintura de Eduardo Cardozo viene elaborando una poética abstracta de la melancolí­a y de la incertidumbre. Sus últimos trabajos son el anuncio de un nuevo orden en el que las formas no terminan nunca de saberse ciertas.

El despertar de la siesta

Cardozo comienza a exponer a fines de los años ochenta junto a artistas como Marcelo Legrand, Fernando López Lage y Álvaro Pemper. Pertenece a la generación cuya niñez y adolescencia transcurre en los años oscuros de la dictadura. Con el advenimiento de las elecciones democráticas (1985) a este grupo de artistas emergentes se les incluyó de manera un tanto difusa en la generación de los 80, caracterizada por cierto desparpajo en sus vehí­culos expresivos y una mirada puesta en los laberintos del poder y la sexualidad. La estética de Cardozo mantuvo empero un perfil más apocado y cauteloso. Aquella generación reaccionó contra el gusto por las marinas, los marcos dorados y la extensa parafernalia telúrica y patriótica que promovió la élite inculta del llamado Proceso Cí­vico Militar. Existí­a también cierta antipatí­a -no siempre consciente- hacia los sucesores tardí­os del constructivismo que se obstinaban en paletas de tonos apagados y terrosos. La juventud se embandera entonces contra el dogma de las escuelas y vive a su modo la hora local del Bad Painting. En este primer episodio artí­stico, Cardozo pinta directamente con las manos alquitranadas sobre grandes cartones. A partir de una concepción sui generis del Art Brut, explora en una vertiente vagamente figurativa, deteniéndose en las facetas oscuras y corrosivas del presente.
En 1991 Cardozo salta a la palestra pública con una serie de pinturas que satirizan a la vaca y el caballo del escudo patrio. (2) Animales emblemáticos de un paí­s netamente agropecuario, que aparecen como fantasmas o centauros de actitudes pasivas, con sus contornos e interpelados por irónicas frases sueltas: Santa trinidad, El caballito de la patria. Entre el fondo y la figura hay una distancia infranqueable, quizás debida a cierta torpeza manual que impide un buen acabado. Cardozo irá adentrándose en esa imperfección, dibujará con la mano izquierda, profundizará abiertamente en los mecanismos del error. Es importante el ritmo, establecer lí­neas y formas repetidas. Allí­ interviene el error; nunca se puede repetir exactamente lo hecho. En mi pintura los trazos son visibles, ya que trabajo directamente sobre la tela cruda, sin imprimación. Es como el grabado, donde no hay marcha atrás (3)

La huella de los maestros

La serie sobre la iconografí­a patria sucede algún tiempo al egreso de la Escuela Nacional de Bellas Artes. El magisterio de Ernesto Aroztegui constituye para el artista una guí­a y una revelación: Estaba abierto a todas las estéticas y tení­a una asombrosa capacidad para ver.(4) Fue Aroztegui quien le recomendó el Museo de Art Brut de Lausana. El otro maestro al que atribuye una importancia significativa es Luis Camnitzer. En 1993, gracias a una beca, consigue una estadí­a en su Estudio en Valdottavo, Italia, donde no sólo aprende técnicas de grabado sino que asimila el peso conceptual del arte y la relevancia de ordenar las ideas en torno a la creación. Concibe una serie fotograbada de objetos intencionadamente mutilados: un lápiz clavado en una lata, dos piedras unidas por un alambre, un pomo de pintura exprimido y perforado. Compone con estos objetos relaciones simples pero intensas, recreando la lógica de los ready mades en el plano. Pero el pasaje a la abstracción sobrevendrá luego, cuando se atreve a trabajar en esculturas y a intervenir un espacio público. (5)

La pintura ensimismada

Las formas de barro eran irregulares y cóncavas, se habí­an amasado sobre una estructura de mimbre y en ellas cabrí­a una persona de pie o tendida. Las esculturas se colocaron en el interior de vagones ciegos que otrora trasportaban el ganado a los mataderos. Los misterios se dan en la Estación Central de Ferrocarriles(6) es el tí­tulo de una intervención en paralelo con el artista alemán Johannes Pfeiffer, quien por su parte ejecutó una escultura de ladrillos sobre los durmientes de la estación abandonada. Los trenes fueron clausurados a la salida de la dictadura por el gobierno democráticamente electo en una decisión cuestionada hasta hoy. La hermosa estación decimonónica se transformó en el emblema de una nación cuyo esplendor habí­a claudicado. Como era de esperar, las obras dieron lugar a variadas interpretaciones, inclusive aquellas que vincularon la obra de Cardozo con el holocausto judí­o. En su pintura, la abstracción comenzó a ser un ejercicio introspectivo a la vez que una búsqueda en la historia de la pintura. Ambos aspectos apuntaban a una reconciliación con la tradición local. Cuatro años de trabajar en un lenguaje abstracto posibilitan la concreción de una importante muestra en la sala del Subte Municipal (1999), que hoy puede verse como un lejano génesis de la actual serie de geometrí­as inciertas. La paleta comienza a aclarar y el vací­o se vuelve un silencio envolvente que descubre a las formas su imponencia solitaria y les otorga un espesor aciago. El celeste agua tan caracterí­stico de sus últimos trabajos es una declarada alusión a cierta pintura de interiores muy frecuente en los hogares de la clase media montevideana de los años 50 y 60, que a pesar del desgaste conserva hasta el último dí­a algo de su viveza marina, y que por tanto adquiere en los óleos de Cardozo una intención subrepticia.
La serie de geometrí­as inciertas profundiza en una sensación de desamparo, sin alejarse de la realidad inmediata. Si la abstracción de las figuras es indiscutible, las relaciones que establecen esas formas entre sí­ pertenecen a un mundo real, revelan situaciones de equilibrio precario. Las formas se repiten grávidas, trabajosamente; flotan en un espacio donde no existen los contornos netos ni las verdades eternas. Cardozo cultiva una incertidumbre geométrica y poética: mostrar las fuentes no-verbales de dicha incertidumbre es su mayor afán: En la pintura me siento cómodo. No hago bocetos. Resuelvo situaciones en el camino, relacionando las formas. Pero siento que hay una responsabilidad enorme en los actos: al dejar una marca interviene el azar pero también tu historia. Las formas aparecen como en un mecanismo trabado. Tienen un ví­nculo entre sí­ que hay que resolver, que no se termina de resolver.

(1) Brecha, Montevideo, 23 de abril de 2004.
(2) Obtiene con esta serie el Premio Paul Cézanne y expone en el Centro Municipal de Exposiciones.
(3) Entrevista mantenida con Cardozo en su taller de la Ciudad Vieja, 8 de febrero 2005.
(4) ídem.
(5) Cardozo posee una extensa obra recostada al arte conceptual y la intervención urbana. Desde el año 1994 trabaja junto al artista Fernando Peirano en el taller El sitio de Montevideo, consiguiendo varios premios por sus proyectos El Quijote de Tres Cruces, Contrato de trabajo y Riesgo Paí­s entre otros.
(6) Proyecto del Instituto Goethe de Montevideo, 1996.