Susana Lescano

LA ESCULTURA REVELADORA DE SU SER
Susana Lescano
  La escultura contemporánea, según Rosalind Krauss, "ha entrado en una tierra de nadie". Por eso no es fácil clasificar la obra de Susana Lescano, con la que tomé contacto por primera vez en 1993.
Innovadora, surge de una artista nacida en Córdoba, una provincia mediterránea de la Argentina que se caracteriza por una naturaleza sin desbordes, que se va metiendo en la piel y la psique suavemente; elegida, no en vano, como refugio por numerosos artistas.
En esa ocasión presentó su serie titulada "Nidos", una recreación que sobrepasaba el hacer de la naturaleza. Realizados con obsesiva laboriosidad, constituí­an un entretejido de alambres y maderas que contení­an huevos, sí­mbolo de lo potencial, del germen de la vida, emblema de la inmortalidad, sí­mbolo cósmico; dorados, estos equivalentes al cí­rculo con el punto o agujero central de Pitágoras.
Pero no creo que Susana Lescano haya hecho especulaciones simbólicas, conceptuales o matemáticas, ya que esta artista prioriza los sentimientos que su entorno despierta en ella.
Obras en apariencia frágiles, cerrándose en la espesa urdimbre de alambre de hierro, de varillas de mimbre y de álamo que apenas dejan pasar la luz y en las que se conjugan las variantes de color provocadas por el paso del tiempo.
En 1995 presenta también una serie relacionada con la idea nidos, formas más aéreas, ramajes de estructuras más complicadas, recubiertos con hilos de bronce; esta vez alojan semillas, una recurrencia por parte de la artista, una suerte de afán contenedor, protector, que confirma que "el arte es revelador del ser".
Su hábitat, la serraní­a cordobesa, le permite escuchar sonidos vedados al habitante de las grandes urbes. Lescano, entonces, los incorpora a su serie "Sonidos de la Memoria".
Supuestos instrumentos musicales, armoniosos en su elaborada combinación de bronce, plata, madera. Ha dejado por el momento de abrevar en la Naturaleza en su estado primitivo para hacernos oí­r el canto de un laúd imaginario, aquel que según algunas de sus catorce reglas, debe tocarse sentado en una piedra, deambulando junto a un arroyo, habiendo ascendido una montaña o descansando en un valle.
David Smith, el célebre escultor norteamericano, señaló que "las nuevas ideas son siempre una batalla". Esta es la que libra nuestra artista en el abordaje de "Espinas y Frutos", significativo tí­tulo de su obra reciente, realizada en un perí­odo conflictivo para los argentinos.
Hay un entrecruzamiento de cuerpos geométricos ensamblados que exalta la virtualidad de los volúmenes, nacen frutos que se despliegan, que se abren, esperanzados. El equilibrio está expresado a través de mí­nimos puntos de apoyo, una metáfora de la inestabilidad y precariedad existencial del hombre en este azaroso comienzo de siglo.
Pero Lescano busca y logra la armoní­a en esta combinación de maderas y metales tratados con sugerencia y cadencia, un cierto regodeo en la perfección y resignificando aquello de que "mirar un objeto es venir a habitarlo".