Ricardo Ramírez

El Eco del Sueño
By García, Mario
Ricardo Ramírez
  Los sueños perdurables de la memoria y el afán del hombre por alcanzar los imposibles llevan irremediablemente a la creación como única ví­a accesible para reinventar la vida. El pintor, con el color y las formas, descubre los espacios olvidados, los que se quedaron en la memoria, esa caprichosa centinela de las nostalgias. Poco importa la razón tangible de las explicaciones. En el vórtice del huracán la paleta se describe sólo en sensaciones, en el eco del hombre que nos mira. Es imposible nombrar las cosas que se desbordan en formas inexplicables o en imágenes relacionadas con nuestra existencia.
Ricardo Ramí­rez propone sus sueños a través de sus visiones, en una mirada incompleta que le permite la sorpresa de saber que el mundo es alcanzable. Es esta la razón de su arte: inventar el mundo que a veces no podemos explicar, ese que nos oprime y al mismo tiempo nos llena de esperanzas. Este empeño existencial contrasta con el disfrute antillano por el color y la luz, que combina con la mezcla del negro y el silencio, del blanco y el carnaval. No hay tropicalismo sino el reconocimiento profundo de una identidad cultural, que el pintor hace suya en un expresionismo caribeño, en el que la pasión se reinventa desde el multicolor sentido de la vida. Una mirada no bastarí­a para atrapar la obra de este pintor puertorriqueño. En su lenguaje predominan el sentimiento sobre el pensamiento, la distorsión emotiva de las formas y la transfiguración de todo lo que crea. Sus temas son tan ricos como los colores que utiliza. El hombre, el fuego, el espí­ritu, la naturaleza, la vida y la muerte. Estar frente a su obra es evocar la memoria, traspasar los lí­mites del tiempo y las sensaciones vividas. Cada detalle tiene una historia, una lectura, una interpretación, volver la mirada sobre el mismo lienzo es como mover un calidoscopio asimétrico. Cada pieza posee el don de lo infinito, una y otra vez recreamos la imagen, es como si el artista se apropiara de todo el color para reinventarlo a nuestro gusto.
Ricardo Ramí­rez desdibuja el pensamiento. Él no ve, mira; no cuenta, vive, no reproduce, crea; no encuentra, busca. Devela la imagen í­ntima, la esencia que transforma la espiritualidad humana.
El artista en su obra se refiere a lo eterno, a lo que perdura más allá de la memoria. Un árbol no es materia, madera, raí­z, una forma con atributos estéticos. Se transfigura por la magia del color y las formas, llega al aspecto más í­ntimo para luego liberar esa realidad de una verdad construida sobre la lógica del pensamiento. Se reestructura, se reinventa para saltar al abismo de lo nuevo, de lo impensado. En su dualidad hombre-mujer aparece la temática humana, desvalorizando la sexualidad; sus personajes no están maquillados, le interesa más mostrar la naturaleza del carácter, que sean vivos y expresivos, que convoquen a su alrededor las pasiones, los vicios, las desesperanzas de las que están creados su corazón y su alma. No tiene importancia conocer la existencia cotidiana de estos seres, su andar, sus ojos; estos son detalles en los que el pintor prefiere no detenerse.
La imagen humana se multiplica, se revive, se trasmuta, se recrea en el tono romántico apocalí­ptico de los comienzos expresionistas. Ramí­rez bebe de la fuente, se hace contemporáneo sin poder alejarse del impulso violento y la agresividad de sus precursores que, en épocas disí­miles, construyeron su universo desde paradigmas similares. Cada hombre sueña su hombre, ese es el milagro de la creación. El pintor sueña desde su mundo el nuestro. En las pupilas quedan atrapados sus sueños, esos que crearán los nuestros.