Gustavo Navone

El viaje continúa
Gustavo Navone
  Conocimos la obra de Gustavo Navone en 1995, en la segunda de tres muestras muy convocantes que bajo el tí­tulo "a: e, i u o", ocupaban todo el predio del Centro Cultural Recoleta en Buenos Aires. En ellas, la osadí­a, la puesta en escena de situaciones conmocionantes, también dolorosas, la sátira de lo lúdico, de lo religioso, de la sociedad consumista, del esoterismo, entre otros temas de los que no estaba ausente lo macabro, fueron expresadas con gran creatividad por artistas que en ese entonces eran, en su mayorí­a, emergentes.
La instalación de Navone, "El Hombre del Sudario", aunaba su contenido religioso a una estructura arquitectónica muy severa.
Más adelante y ocasionalmente, hemos visto los dibujos que acompañan sus proyectos arquitectónicos realizados velozmente, gestuales, plenos de energí­a. La ya remanida frase del artista que pinta su aldea... está corporizada en una de las dos temáticas con las que se siente identificado.
Navone nació en la provincia de Buenos Aires, en Luján, ciudad que hoy cuenta con más de 120.000 habitantes, situada en una llanura dominada por la presencia majestuosa de una basí­lica neogótica construida entre 1870 y 1932 en honor de la Virgen milagrosa que lleva su nombre, lugar de peregrinación como Lourdes en Francia. El artista ha plasmado esta vivencia que lo acompaña desde su infancia en innumerables versiones dibují­sticas, pictóricas y objetuales. A la imponente arquitectura llega por lí­neas o pinceladas convergentes mezcladas con escrituras que en cierta forma constituyen el factor desencadenante, ya que parte de apuntes, asociación de ideas, a la manera literaria del fluir de la conciencia. En cuanto al color, éste surge espontáneamente, con pinceladas exuberantes yuxtapuestas caprichosamente y arrolladora energí­a. En distintas versiones, por ejemplo "El cielo de Luján"(1996) o en "Juan Pablo II, yo recuerdo que él traí­a la rosa de oro"(2000), la imagen de la Virgen a la manera de souvenirs comprados como parte de cierto fetichismo religioso o, por qué no, con verdadera fe, está aplicada en los fondos de la tela. Como anécdota que confirma estos conceptos, varios asistentes a sus muestras las han arrancado, ¿acto de vandalismo o identificación con la obra? Su otra temática también está relacionada con la infancia. De la mano de su padre viaja desde Luján al barrio capitalino de La Boca a la vera del Riachuelo. Bastión de resistencia que ha logrado mantener su identidad: una epopeya inmigratoria de calabreses y sicilianos fundadores, pintado fanáticamente por Quinquela Martí­n, su pintor por antonomasia, que la idealizó con colores restallantes. Pero el color identificatorio boquense es el azul y amarillo de una bandera de un barco sueco que, paradójicamente, sirvió de inspiración para la camiseta del famoso team de fútbol cuyo estadio-santuario es La Bombonera. El escritor Orlando Barone, profundo conocedor de la mí­stica boquense así­ la describe: "Cuando las tribunas de la cancha de fútbol se atragantan de banderas amarillas y azules, sobreviene un espejismo estético: no hay tanto sol ni tanto cielo ni tanto mar sostenidos por una multitud en ninguna parte; no hay nunca tanta energí­a demencial y catártica, propagada a dos colores cuya combinación es una irreverencia excepcionalmente permitida a algún cuadro de Van Gogh..."
Navone se apropia de esos colores en "La Bombonera después de Nuco"(2000), un homenaje sentimental a su padre en su viaje iniciático a una pasión tan argentina como el tango, o "La Bombonera Milenium"(1999) coronada por "bomboneritas" en relieve con inscripciones y el "Boca Te Quiero", graffiti contenedor de emociones, odios y amores domingueros. Realizada en aluminio alcanzó el status de altar, por lo que ambas temáticas se convierten en objeto de culto. Luján. La Boca. Miami.
Nuestro artista se encandila con el neón kitsch, con el dorado y el rosa bombón, con el desenfado actual y lujoso de South Beach, las mezclas étnicas, las epopeyas de los balseros, las autopistas, la arquitectura desafiante y sus palmeras decorativas. Y lo vomita gestualmente con exuberancia cromática en telas gigantes, plasmando un paisaje urbano que le es ajeno.
Hay que estar alerta. Obra en desarrollo de un artista que mira con pasión. Nada es permanente. El viaje continúa.