Arturo Montoto

PROVOCACIONES DE LUZ Y ENIGMAS DE SOMBRAS (fragmento)
By Wood, Yolanda
Arturo Montoto
  La obra de Arturo Montoto es rotunda en sus proposiciones. Constituye dentro del arte cubano de fines del siglo XX una experiencia artí­stica diferente por su modo personal "único" de engarzar diversas referencias visuales en una imagen que las depura todas y las redescubre en su originalidad. En el panorama tan intenso de la plástica nacional, lograr una obra con tales singularidades es ya un mérito particular. Montoto se define, además, por su especí­fico mundo de experiencias sensibles en el que predominan las mejores cualidades de la tradición pictórica euro-occidental. El artista es consciente de su propuesta y la coherencia se apropia de todo su quehacer.
Una magia interior vive en las sugestivas atmósferas de cada cuadro. Es una concepción de lo real que se inspira en el silencio y en el anonimato de una cotidianidad trascendida por la í­ndole misma de la representación. Todo se resume en las evocaciones que inspiran los elementos excéntricos, es decir, extravagantes por su rara existencia en un lugar-otro que no es su espacio ideal y que sugieren una presencia humana, ausente, en un entorno humano, solitario. La obra de Montoto formula entonces una conceptualización de base filosófica en el entramado de las relaciones del hombre con el marco fí­sico y de él con todo lo que toca, usa y desecha. Las obras se colocan en un momento singular entre estas tres circunstancias, y la temporalidad en los cuadros adquiere una noción sustantiva a partir del uso de los recursos visuales.
Los ambientes arquitectónicos son ellos mismos indicativos de una relación pasado-presente que se verifica en el estado de la piedra y en las marcas de la memoria, individual y social, que ellas contienen. La sobriedad de las texturas y la neutralidad del color dialogan armoniosamente a favor de una coexistencia de tiempos históricos sin pretensiones historicistas. Se trata de una arquitectura mayor, sólida y robusta, vetusta, que sirve de marco contextual al trayecto de un diario común. Esta dualidad es quizás una de las zonas de más interés entre las muchas aristas de análisis que la obra propone. La fruta "como metáfora del ahora" articula con el entorno la relación más inusitada. El fruto tropical es de corta duración, de ahí­ la invalidez de utilizar nomenclaturas importadas como "naturalezas muertas" para identificarlas, pues son siempre "naturalezas vivas" cuando se las representa verdes o maduras. Picadas, peladas o abiertas "como las prefiere Montoto" no sólo tienen una limitada existencia, sino que presuponen una mano cercana que las manipuló y las abandonó. El abandono parecerí­a ser un rasgo de la poética de estas obras. Sin embargo, se dirí­a mejor que se trata de un tránsito. Una espera de la que el artista es sólo cómplice, y de la que nos hace partí­cipes en la expectativa del regreso. El instante en las piezas es un dato fundamental.
Todos esos elementos revelan la importancia de los conceptos fundamentales del barroco que el pintor domina desde su formación profesional y por sus lecturas sucesivas y frecuentes. La columna en la arquitectura barroca, y los planos de luces y sombras que ellas crean tuvieron en la obra de Bernini todo su esplendor. Montoto repasa el siglo XVII europeo con toda su riqueza expresiva y de ella selecciona y depura los aportes de Rubens, Caravaggio, Rembrandt y los artistas flamencos. Todos le han dado lecciones esenciales sobre la metáfora ilusionista de los espacios compositivos, la significación de lo sensorial, la armoní­a de los contrarios con todas sus ambigüedades y la importancia del momento climático en las nociones sobre la brevedad del tiempo. La luz es por tanto la clave para comprender todo lo demás. Jean Cassou refiriéndose a Rembrandt decí­a que "...no observa la luz: la inventa o mejor deja que sus tinieblas la inventen", y añade que aunque el pintor "aparece en la edad del barroco, que ha descubierto la noche y se ha embriagado con las oposiciones de la sombra y la luz", más allá de esas influencias, de "los epí­gonos de Caravaggio" y los mensajes italianizantes, fue su propia personalidad la que orientó la pintura del gran artista holandés, resumida en la forma en que lo llamaban sus contemporáneos: "el búho". Montoto admira a Rembrandt, y quizás tenga en común con él tanto aspectos de sus técnicas pictóricas como de su personalidad introspectiva y silenciosa. Estos aspectos hacen también muy particular y especí­fica la obra de Arturo Montoto en el contexto cubano, y revelan la gran diversidad de posturas y actitudes ante el hecho artí­stico en el ámbito nacional. Su tratamiento de la luz se corresponde, contrariamente a lo que muchos creen, con una cuidadosa observación de la importancia de las sombras en un paí­s donde todo parece luz, por la intensidad de los rayos del sol tropical. Montoto es un maestro de la oblicuidad en la entrada de la luz al espacio pictórico. En sus cuadros nunca es mediodí­a.