Manuel Alvarez Bravo

Una mirada centenaria
By Espinosa de los Monteros, Santiago
Manuel Alvarez Bravo
  A más de cien años del nacimiento de Manuel Álvarez Bravo (cumplidos el 4 de febrero de 2002), sin duda el fotógrafo mexicano más importante por su trayectoria y propuestas inscritas siempre en la contemporaneidad, cabe preguntarse cuáles son, a la luz de una fértil y larga vida, los rubros más destacados de su patrimonio y herencia, hoy tesoros visuales invaluables. Él ha presidido algunos de los homenajes que se le han hecho tanto en instituciones públicas como en galerí­as privadas. Aunque con la salud algo demediada, perviven su buen humor, su ironí­a, su memoria y por supuesto su mirada.
Desde los inicios de su labor como fotógrafo, Álvarez Bravo plasmó algunas de las obras murales mexicanas en pleno desarrollo, así­ como a sus autores y los de las piezas literarias más importantes del siglo pasado. De ahí­ la importante serie de retratos de Juan Rulfo, David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, Frida Kahlo y otros más a quienes vemos en su juventud creadora, a su vez vistos por otro joven que ocupaba, para ese encargo, el lugar (y la cámara) de Tina Modotti, que recientemente habí­a sido deportada de México.
Esta actividad de Álvarez Bravo, de constatar lo hecho por los demás, tiene una vertiente fundamental en el trabajo que realizó por encargo y que consistió en adquirir obras de los más importantes fotógrafos de todo el mundo para la Fundación Cultural Televisa. Desde 1980 a 1986 se dedicó a conformar una colección que abarca alrededor de 2500 imágenes fotográficas.
Aunque realizada no de manera temática, esta colección comprende uno de los temas imprescindibles que es el de aquellos fotógrafos que vieron México y lo constataron, casi todos ellos en los albores de lo que hoy es. Fundamentales en este rubro son los trabajos de Henri Cartier-Bresson, Paul Strand, Edward Weston, Tina Modotti, C.B Waite y Guillermo Kahlo, ahora reunidos en Casa Lam, si acaso una de las instituciones privadas que mayores recursos ha dedicado al estudio e investigación de la fotografí­a a partir del acervo bajo su custodia. Entre los creadores mexicanos cuyas fotografí­as se encuentran en esta colección, están Héctor Garcí­a, Flor Garduño, Graciela Iturbide y Pablo Ortiz Monasterio, entre quienes puede verse, al margen de su temática e intereses particulares, a creadores cuya obra difí­cilmente podrí­a explicarse sin la rotunda y determinante presencia de Manuel Álvarez Bravo.
Una de las influencias más intensas que ha dejado Manuel Álvarez Bravo a los fotógrafos mexicanos ha sido justamente la magia de conservar siempre elementos ocultos detrás de la imagen, e incluso del nombre con que ha bautizado eso que ha visto. Ese singular misterio es sin duda uno de sus más visibles legados.
En ese punto residen también no sólo una vida larga de ver, sino también de transmitir eso que se ha visto con una constante de ternura y apasionamiento a veces casi ingenuos. En el "Obrero en huelga, asesinado", todos somos esos mirones que nos arrimamos al cuerpo del victimado. Nuestra curiosidad insaciable se da por satisfecha como en otros momentos se sacia también nuestra sed de humorí­stica sensualidad con "Lucy"1 , "Fruta prohibida" o con la emblemática "La buena fama durmiendo". Todos estamos, a través de los ojos de Don Manuel, siendo esos voyeurs pacientes que junto a él pedimos a la mujer que se desnude, oculte su cuerpo detrás de unas ramas, o a la muchacha de mar que nos muestre "Un pez que llaman sierra".
Y en otra de las múltiples ví­as de lecturas posibles de la obra de Álvarez Bravo, está esa especial relación con lo sobrenatural. Como evidencia vemos piezas como "Y por las noches gemí­a", "Cruce de Chalma", "Ofrenda segunda", "Roca cubierta con liquen" y "Mar de lágrimas", por nombrar sólo unas cuantas donde todo aquello que sucede se lleva a cabo más en la esfera de lo quimérico y lo ultraterreno que en una realidad de por sí­ trastocada por su ojo que parecerí­a penetrarlo todo sin posibilidad de que lo visto oculte nada de su naturaleza más í­ntima.
En esta extraña afinidad (y predilección), de Álvarez Bravo por aquello que parecerí­a pertenecer más al ámbito de la ficción que al de la realidad, nos orilla a leer de manera distinta algunas de sus obras aparentemente menos ingeniosas (en imagen y en nombre), como "Bicicletas en domingo", "Jaula y cortina", "Montaña negra, nube blanca", "Señorita Juáréz" o "Margarita de Bonampak", "Jí­camas", "Caja en el pasto". Aparentemente nombradas con una objetividad casi de cronista, las otras obras nos previenen de la lectura ulterior a la que Álvarez Bravo nos tiene acostumbrados. Ya hemos sido pervertidos por él y su singular manera de ver y contar eso visto. Si a veces pareciese que hay ingenuidad, esa vuelta a lo elemental tiene más largura que la que descubrimos a primera vista. Para nuestra sorpresa no hay simulación en ese nombramiento austero. No es postizo. Manuel Álvarez Bravo también puede ser así­?
A veces se tiene la sensación de que Don Manuel a lo largo de tanto tiempo mirando, nombrando eso que tuvo delante de sí­, esperando, fabricando la imagen, estuviese cubriendo poco a poco esa bóveda que es el cielo de nuestras referencias. A poco de darnos cuenta, mucho de lo que vimos a través de sus ojos regresa a nosotros, pero no sólo como libro o fotografí­a impresa, sino también como palabra; lo nombrado es ya inseparable de su nombre, y es frecuente que en nuestra boca y en el correr de las palabras cotidianas aparezcan frases como "Con los pies en la tierra", "La buena fama durmiendo" o "Carrera de obstáculos". En todas esas veces en que las palabras dichas también por Don Manuel nos habitan, le hacemos un silencioso homenaje. En ese momento basta cerrar los ojos y reconstruir lo visto como un mapa interior de nuestra memoria, alimentada por su mundo en blanco y negro.