Pensamiento y estética en Amerindia - TEOTIHUACANA

Conceptualidad metafísica y estética
By Sondereguer, César
Pensamiento y estética en Amerindia - TEOTIHUACANA

Cada alta cultura amerindia desarrolló una estética cósmica propia, basada en una geografí­a y una geometrí­a sagradas, o sea, pensamientos mí­tico-metafí­sicos de interpretación de la mecánica celeste. Tal concepción fue plasmada en urbanismos y arquitecturas; esculturas, cerámicos con dibujos pintados, textiles y códices.

Desde unos cuatrocientos años antes de nuestra era se fue consolidando, en la meseta central de México, la evolución de un grupo aldeano y agrí­cola que conformarí­a, varios siglos después, la cultura teotihuacana. Es así­ que, por el 200 d.C. eclosiona como una de las más organizadas sociedades hegemónicas amerindias.
La expansión ideológica, mí­tica, polí­tica y comercial, de magnitud similar a la olmeca del milenio anterior, que irradió desde su capital Teotihuacán, produjo durante los primeros 600 años d.C. uno de los cuatro más profundos e inspirados niveles culturales de Mesoamérica. Los otros fueron el zapoteca, el maya y el azteca.
Esta sociedad estructuró el principal estado teocrático de la primera gran ciudad de América de acuerdo con un criterio propio de organización social y urbana, fusionando lo ceremonial y lo habitacional en un todo armónico.
Lo realizó desde el 100 a.C. en la altiplanicie central mexicana eligiendo, de acuerdo con su geografí­a sagrada, un determinado sitio con una especí­fica direccionalidad sur-norte, este-oeste. La ciudad se configuró, como "Ombligo del Mundo" o "Centro Existencial Sagrado". Evidentemente, así­ lo interpretaron los aztecas al denominarla Teotihuacán: la "Ciudad de los Dioses".
Urbanismo y arquitectura metafórica
Con Teotihuacán se inicia un proceso sistematizado del diseño urbaní­stico civil, religioso y astronómico de caracterí­sticas únicas en Amerindia. Fue un estado de severas instituciones, producto de una notoria madurez polí­tica, dogmática y administrativa que desarrolló un continuado crecimiento edilicio secular con absoluta coherencia arquitectónica, sólo comparable a los estados zapoteca o inca.
Al igual que en toda alta cultura amerindia, se ejerció una fuerte dictadura polí­tica y dogmática. No obstante, la enorme fe de gobernantes y pueblo motorizó aquella colosal fábrica. Mucho antes de la era cristiana, se inician las enormes construcciones mí­tico-religiosas y astronómicas, esencia conceptual de la razón de ser de este pueblo.
En un comienzo, se diseñó un paradigmático centro de culto con varios sistemas templarios fundamentados en una ideologí­a cósmica. Se dividió la ciudad en un gran damero con "barrios", y se construyeron palacios para la oligarquí­a clerical, civil y militar y viviendas comunales para comerciantes, artesanos y campesinos. La ciudad va rodeando paulatinamente al centro ceremonial.
La concepción del conjunto es imponente y su austera sacralidad comunica un solemne hieratismo de modo estético monumental y estilo purista de volición eternal. El volumen de su masa y su inmanente espacialidad es colosal, horizontal y expansiva, diseñada para ser extensiva e itinerante.
Sus dos principales pirámides templos, sí­mbolos de montañas sagradas = Tierra, explicitan el concepto arquitectónico-escultórico, donde el mayor poder expresivo morfoespacial es exterior.
En sí­ntesis, el centro ceremonial se define por:
- Una avenida de sur a norte, llamada "Calzada de los Muertos" de 40 m de ancho y, originalmente de unos 5 km de largo, que vertebra la planta urbaní­stica general de la ciudad y la divide en este y oeste. En su momento, tuvo otra avenida cruzando la actual, lo cual establecí­a una topografí­a de cuatro sectores. Esto demuestra la intención de relacionar a Teotihuacán con una metafórica ideografí­a cósmica, ya que el cuatro simboliza los sectores celestes, los puntos cardinales, las cuatro edades cosmogónicas, la Tierra, etc., según los principios generales de la mitologí­a mesoamericana.
- La Pirámide Templo "del Sol", tiene 220 x 225 m de base y 63 m de altura, al faltarle el templo. Está levantada con cuatro basamentos talud sobre una antigua caverna natural, utilizada en época formativa como santuario. Su frente se dirige al oeste y posee cuatro secciones de escaleras que ascienden a la cúspide donde se hallaba el templo. Se ha probado que fue observatorio astronómico.
- La Pirámide Templo de "la Luna", ubicada en el extremo norte de la calzada determina su cerramiento. Detrás, el sagrado Cerro Gordo "contempla" la ciudad desde su mí­tica silueta.
- El "Templo de Quetzalcóatl", una gran plaza de 400 x 400 m que configura un enorme sistema templario rodeado de quince santuarios menores, palacios sacerdotales y con dos pirámides templos centrales, dedicada una a Quetzalcóatl, "La Serpiente Emplumada", creador de la humanidad, y la otra a Tláloc, dios de la lluvia.
El monumentalismo, como simbólico modo estético, declama la inmortalidad del dogma instituido, diseñado y construido con funcional urbanismo de autóctona morfologí­a. Sobre aquel estricto planeamiento crearon arquitecturas distribuidas extensivamente. Los vací­os itinerantes entre volúmenes participan al caminante de su espacialidad, de su ser urbano.
Es entonces cuando se capta la singular dialéctica del lenguaje formal: los majestuosos plenos de sus pirámides y los vací­os de plazas y calzadas en armoniosa integración y equilibrio espacial. La horizontalidad, como cualidad de lo terrenal; la verticalidad como concepto de mí­stica elevación. Sendas concepciones establecen el trascendente contenido de la "Ciudad de los Dioses".
La verticalidad de las pirámides contenida por la horizontalidad de sus bases, pesando sus moles contra la tierra. Horizontal y vertical, diálogo matemático, de semiótica metafí­sica de un ideal estético-filosófico, de raigal simbolismo cósmico: montañas sagradas, dentro de las cuales habitaban los poderes energéticos que dan vida al mundo y como tales habí­a que diseñarlas.
Con similar temática de simbolismos mitológicos se realizaron los demás géneros plásticos. Se generalizó la pintura mural al fresco en los palacios, con imágenes abstracto: figurativas y barrocas de inmutables dioses. Estas pinturas intimistas, de singular esplendor ideográfico y plástico, conforman la sublimada y vehemente realidad mágica de la aristocracia gobernante. Comunican, con esplendentes composiciones murales, una sagrada cosmogoní­a pletórica de entes, donde deidades y naturaleza son una uní­voca entidad animista, cantando felices odas celestiales de un continuado himno a la vida. No son una decoración mural sino la presencia sublimada y permanente de los dioses en el hábitat de los hombres.
Porque aquella sociedad vivió así­: devoción permanente en un ámbito saturado de ceremonias mí­sticas.
También la cerámica, con diseños formales propios, fue soporte de ideografí­as mí­ticas esgrafiadas y/o pintadas al fresco sobre una capa de cal.
La escultura lí­tica se destaca por sus idealizadas máscaras mortuorias, relieves y dos enormes bloques lí­ticos con sendas imágenes de Tláloc, dios de la lluvia, y de Chalchiuhtlicue, diosa de Las aguas terrestres, además infinidad de pequeñas figurillas votivas de cerámica encontradas en tumbas.
Nos legaron un pensamiento filosófico apresado en la silente musicalidad de una ciudad exuberante de realizaciones: lo eternal transmutado en arte.
Tal realidad social, expresada como obra de culto dogmática, cosmovisiva, estética y ecuménica fue producto de su rica y extensa existencialidad. Tal herencia ontológica desoculta e irradia aún hoy, cual vigencia espectral, aquella pretérita magnificencia.
Teotihuacán es arquetipo de racionalidad y equilibrio. Recorrer este reservorio es percibir la sabidurí­a que implica crear una morfoespacialidad conceptual, cultí­stica y habitacional, con una mí­stica dedicada a la veneración de la vida, en un transcurrir que se deseó eterno.