ALFREDO CASTAÑEDA

Y su reinvindicación de los sagrado
By Herrera, Adriana
ALFREDO CASTAÑEDA

El pintor mexicano Alfredo Castañeda reside en Madrid, pero vive en un lugar impreciso de donde extrae obras que inevitablemente dan noticia de otros mundos, de un vací­o detrás de las formas, de una orilla desde donde es posible contemplar pequeñas cosas no vistas o lugares que atraviesan lo temporal.
En Desert de Retz traza un conjunto de torres geométricas en las que se entrevén dos paredes del edificio en las afueras de Parí­s donde solí­an congregarse Breton y sus amigos, seducidos por la rara atmósfera espiritual del lugar que mandó construir Franí§ois Racine de Monville. En Dónde está tu tesoro pinta -como siempre, a partir de un diálogo singular- la página rasgada de un libro en el lugar exacto del corazón de un pirata, detrás del cual se descubre el barco en alta mar.
"Trazo los ojos -explica- y el personaje me va diciendo lo demás: de quién estoy hablando, a quién estoy dibujando, cómo rasgar la hoja, cuál es la forma detrás". Así­, el pirata le dijo: "Tengo un sombrero", luego, le pidió un espacio en su corazón y él hizo un agujero y pintó un barco y se dio cuenta de que estaba escuchando el poema de Espronceda La canción del Pirata, en la que habla de la libertad como la única ley. Castañeda pinta, para que el que mira sus cuadros, "no se quede ahí­, sino se meta por los agujeros y vaya más allá".
Uno de sus personajes tiene unas manos que son fundamentales en el argumento de su pintura, porque se salen de ésta, traspasan el margen e indican hacia ese vací­o que abraza al pintor, a la obra y a quien la mira. En otra obra, un hombre se despoja del saco y muestra un agujero que permite asomarse detrás de la apariencia de lo existente, a la nada.

La maravilla de lo pequeño

"Me inclino ante la maravilla de lo pequeño", dice Castañeda. De esa ternura que surge ante lo existente da noticia un personaje calvo con una cinta amarrada en la cabeza, que tiene seis ojos. Unos ven al futuro, otros ven al pasado, mientras sostiene en la mano una flor, que es lo más querido. Se llama El guardián de lo pequeño y cuida de las cosas que nadie ve. Su descubrimiento ocurrió una tarde en la que él y su mujer, Hortensia, visitaban con sus hijos un imponente templo renacentista y uno de ellos se detuvo asombrado a mirar una florecita que crecí­a en una grieta en la piedra. A tal punto es parte de los personajes que inciden en la existencia de los Castañeda, que la galerí­a que Hortensia tiene en sociedad, se llama exactamente así­.
Antes de que Alfredo -uno de los poquí­simos pintores mí­sticos de esta era sin dioses- termine de trazar, con palabras, un mapa de orientación para entrar a la zona de donde proviene su obra, la misma Hortensia, su serena cómplice, la mujer que lo trae siempre de vuelta a este mundo, advierte en el curso de la entrevista con Arte al Dí­a Internacional: "Estás hablando con alguien que se te escapa de repente. Alfredo vuela, es aéreo. Tienes que concretarlo".
Pero lo que menos interesa a quienes amamos su pintura es arrancarlo de ese reino suyo, gracias al cual ha poblado de raras imágenes esta tierra tangible que, sin arte, tiende a volverse plana. De allí­ vienen figuras como los músicos antiguos con sombreritos de copa que tocan trombón, baterí­a y platillos en la mitad del mar de su pintura Sin señales; o los cinco fugitivos con traje de presidiarios colgados de una cuerda horizontal tendida sobre el mar que se fugan hacia el amanecer. Algunos lo hacen en bicicleta, otros, con una sola pierna. "Todos somos -asegura Alfredo- un poco este tipo de seres que vamos fugándonos de una ilusión para llegar a la verdadera realidad".

La tierra intermedia

Si le fuera concedido portar un único cuadro al "más allá" en el que no sólo cree, sino que señala en cada obra suya con guiños que levantan el tapete de lo aparente y descubren otros mundos bajo la superficie, llevarí­a consigo "sólo una hoja en blanco". A fin de cuentas, el hipnotismo que provoca su pintura proviene de su capacidad de mostrar no sólo que hay algo ilusorio en la realidad, sino de producir en el espectador un destello del absoluto.
Alfredo aprendió a dibujar cuando deambulaba en las habitaciones de la inmensa casa de su infancia donde viví­a con incontables parientes, entre éstos dos pintores, a los cuales arruinó un par de obras a los 12 años con el genuino deseo de completarlas. Una osadí­a que convenció a uno de ellos, J. Ignacio Itúrbide de empezar a formarlo en el oficio. Pese a su temprana vocación, se graduó de arquitecto, hasta que, a los 30 años, decidió que de ahí­ en adelante pintar y sólo pintar serí­a su modo de "seguir la instrucción que Sócrates vio inscrita en el frontispicio de los templos griegos donde iba a encontrar respuesta a sus preguntas: conócete a ti mismo". Entonces comenzó a dibujar su rostro multiplicado, como un curioso modo de desaparecer, que es otra manera de "ser todos los hombres": el presidiario, el enamorado, el que se asoma por la rendija, el que empuja una puerta para entrar o salir de un fragmento del mundo.
Castañeda tituló una de sus primeras exposiciones en México, De Esta y de la Otra Orilla (GAM, 1975). Muchos de los nombres de sus exhibiciones aluden a esas incursiones en otra realidad que no tienen el tremendismo de El Bosco, sino una desenfadada osadí­a y una enorme dosis de humor y en ese sentido son mucho más orientales que occidentales. Ahora asegura que lo que encontró pintando durante medio siglo es semejante a lo que halló Nishida Kitaro, uno de los discí­pulos de Martí­n Heidegger en el Japón, creadores de la Escuela de Kyoto: "La maravilla de habitar en cuanto falta por ser".
"A los 68 años -confiesa- ocurre que el espacio intermedio entre dos cuadros separados es el protagonista de lo que quiero decir, de esta otra forma de encontrar la existencia". La mejor prueba de esa nueva comprensión fue la exposición que hizo en la embajada de México en España en 2005, Entrar en lo abierto, donde el vací­o entre sus pinturas era una metáfora visual complementaria del tema dibujado: la ascensión de Jesús, El Galileo, al cielo.
Tal vez esa actitud tenga que ver con su visión de la pintura. Semejante a Ryonen, la monja zen que a una edad similar a la suya pedí­a "contemplar la voz de los árboles cuando no sopla el viento", Castañeda crea vací­os por donde escapar hacia el silencio, sea repitiendo incontables veces su rostro que es también el de cualquier otro, abriendo agujeros en la superficie de sus cuadros o jugando con los vací­os entre éstos.
Aunque su obra ha sido incluida junto con la de Leonora Carrington, Wolfgang Paalen y Alberto Gironella en exposiciones sobre el espí­ritu surrealista en México, Alberto Ruy Sánchez, director de la casa editorial Artes de México, que realizó la bellí­sima publicación bilingüe de los poemas y cuadros de Castañeda contenidos en El libro de horas, (cuyo lanzamiento, hecho por la galerí­a Mary-Anne Martin que lo representa desde 1983, fue uno de los grandes eventos de arteaméricas) dice que aunque sus cuadros tienen una dimensión risueña e irónica, semejante a una sonrisa surrealista, ni su extrañeza es necesariamente oní­rica, ni lo define la sensibilidad surrealista. Castañeda emprende, según Ruy, "una aventura que podrí­amos llamar espiritual y describir como cercana a la tradición mí­stica".
Pocos artistas tan cercanos a esa "otra orilla" de la que hablaba Octavio Paz y que para Borges era un territorio, un estado, donde el ser humano siente que está ante una "inminente revelación". "Mi pintura es un retorno a lo que siempre ha sido", dice Castañeda. El artista es el personaje que viaja con su imaginación creadora hacia esa otra realidad que un poeta sufí­ llamó "la tierra intermedia". "Es una tierra donde imaginas más que encuentras...", explica. "En esa zona intermedia hay diálogos entre los espí­ritus puros y el mundo de los hombres".
Arte y poesí­a -estrechamente unidos a la génesis de su creación pictórica, que puede nacer de un poema o provocarlo, como se advierte en los cuadros y poemas de El libro de horas- son para Alfredo Castañeda adquisiciones que se hacen en esa tierra intermedia. "El que regresa después de haber estado allá comunica las emociones poéticas que ha sentido trasladándolas a lo temporal. A veces, lo único que te queda de lo que has visto o sentido es exclamar, como San Juan de la Cruz, cuando tení­a visiones y no podí­a hablar: Ahhh". De allí­ ha regresado, en todo caso, no sólo con un "Ahhh", sino con frases o párrafos completos o con apuntes visuales que luego se convierten en universos que logran la única condición inapelable del arte: conmover.
Su arte es el intento de que "la vida misma de la que eres portador trascienda tu particularidad de ser humano y lleve, con un timbre personal, ese mensaje que han dicho eternamente todos.... Lo que estoy reivindicando (la belleza que revela lo sagrado) no pertenece al tiempo, ni al espacio, sino a lo más interior de todos los seres humanos. Es un regalo".

Alfredo Castañeda nació en la Ciudad de México en 1938 y comenzó a estudiar pintura a los doce años. Se diplomó en Arquitectura en la Universidad de México en 1964 y en 1969 presentó su primera muestra individual en la Galerí­a de Arte Mexicano. En 1983 tuvo su primera exposición individual en los Estados Unidos en la galerí­a Mary-Anne Martin/Fine Art y desde entonces ha expuesto regularmente en ambas galerí­as. En 1990 se presentó una retrospectiva de su obra en el Museo de Monterrey (México) y ese mismo año se publicó una monografí­a celebrando sus veinte años de trayectoria artí­stica. En 2006, Castañeda, que también ha sido poeta durante toda su vida, lanzó el libro de poesí­as titulado Libro de Horas, en colaboración con la reconocida traductora Margaret Sayers Peden. Concebido como un libro de horas según la tradición medieval, cada desplegado de doble página reúne un poema original del artista y una ilustración a color de una pintura relacionada con éste.
Las pinturas y poemas de Castañeda abordan el tema de los cambios, los comienzos y finales, y lo que el artista denomina "múltiples yo e identidades colectivas". Su imaginario surrealista continúa intrigando al espectador y sus obras se encuentran representadas en colecciones privadas en Latinoamérica, los Estados Unidos, Europa y Japón.
Castañeda reside actualmente en Madrid, donde él y su familia son propietarios de un muy exitoso restaurante mexicano, que atienden personalmente.