BOLIVAR GAUDI

Ecuación Madi
By Avena, Patricia
BOLIVAR GAUDI

-En tus comienzos hace ya cincuenta años, tu pintura era figurativa, ¿por qué y cómo se transformó en geométrica?
B: Es normal y así­ ocurre casi siempre. Pues al comienzo todos queremos encarnar el personaje mí­tico del artista, "casi como el de un circo", el bohemio romántico, el mágico creador de imágenes, el pintor de sueños. Es un largo proceso de aprendizaje y de formación el que nos lleva a forjar nuestra propia imagen, nuestra personalidad. Cualquiera puede aprender a dibujar; el dibujo es una técnica cuyas reglas son simples y están al alcance de quienes lo estudian con aplicación. La pintura es un oficio de "savoir faire", cualquiera puede aprender a pintar. El arte es otra cosa. Los más antiguos trazos del hombre son formas geométricas de las más elementales, como el cí­rculo, el cuadrado y el triángulo. El arte de pintar no es el de "figurar", así­ como el arte de escribir no es el de "describir". Este es un tema que da para largo, imposible de terminar aquí­. La geometrí­a no es un arte en sí­, sino la ciencia que nos sirve de guí­a, así­ como para la literatura lo es la filosofí­a.

- Desde los años '80 integras MADI. ¿Cómo y cuándo se produjo tu encuentro con Carmelo Arden Quin y el movimiento?
B: Conocí­ a Rhod Rothfuss en Montevideo y lo traté casi a diario de 1955 a 1963. Por él conocí­ y aprendí­ mucho sobre Madi y sobre su fundador. En 1976 / 77 expuse en la galerí­a Marguerite Lany en la rue Beaubourg -Parí­s- y recorriendo el barrio me encontré con el mito que nunca habí­a pensado conocer; Carmelo Arden Quin exponí­a en la galerí­a Quincampoix. La simpatí­a fue más por las obras respectivas que por la persona, quizás el origen del paí­s también cuenta, pero tal vez más por el grado de entendimiento de lo que para uno y el otro es el arte. En realidad estrechamos relaciones de trabajo al comienzo de la década de los '80. En 1983 expusimos en una sala de la UNESCO aquí­ en Parí­s y en 1984 repusimos MADI al dí­a en una muestra que comenzando en Saint-Paul-de-Vance, galerí­a Alexandre de la Salle -Francia- recorrerí­a desde Brescia, Génova, Milán - Italia- hasta Parí­s, galerí­a Dongui.

- Gran parte del tiempo lo dedicas a la organización de MADI; sin embargo estás en un continuo estado de creación. ¿Cómo lo logras?
B: De estos últimos 25 años he dedicado mucho tiempo a Madi, en una actividad que es parte de mi credo y es la misma actividad que me empuja a trabajar en mi obra personal. El movimiento Madi funciona con un espí­ritu de equipo que aunque no estemos todos en un mismo lugar, ni siquiera en un mismo paí­s, estamos unidos por una misma convicción estética y comportamiento ético. Lo que es de Madi es mí­o y lo que es mí­o es de Madi, así­ va, y se aplica tanto a las posibilidades como al empleo del tiempo.

- Habiendo nacido el arte geométrico en el siglo XX ¿Crees que sobrevivirá en el siglo XXI?
B: Sin ir más lejos en lo que es historia del arte, si partimos del impresionismo, verdadera revolución del siglo XIX que como tal duró muy poco tiempo, sucedido por el divisionismo, el fauvismo, el expresionismo, para culminar en el cubismo, que fue con el futurismo el camino abierto hacia la abstracción, hasta el constructivismo, primer movimiento totalmente abstracto, el arte no ha cesado de darnos sorpresas, como el surrealismo y Dada. Pero no hay que confundir lo que es historia y lo que es moda, de la cual nos hemos visto colmados. MADI creó la sorpresa en 1946 en Buenos Aires; transferido a Paris en 1948, no ha cesado de crecer y difundirse por el mundo. MADI es un movimiento coherente que perdurará mientras haya personas con necesidad de inventar una forma, de crear un objeto.

Talentoso tallador de formas, avezado en la magia de capturar la materia y el espacio como esencia de la escultura para proyectarlo en la tridimensionalidad, bolí­var - Salto, Uruguay, 1932- transita como el explorador que de antemano conoce concienzudamente su terreno. Sus obras, mostrando la herencia del constructivismo, hablan del equilibrio sensible de la forma, del orden, de la simplicidad, de la ingeniosidad. Perfectamente resueltas en el aspecto técnico, hacen pensar en la imaginación desbordante del artista, mientras que no significan nada, simplemente "son"; han nacido de una no existencia dentro de la existencia.
En una muestra antológica que recorre los últimos años de su producción, la galerí­a Durban-Segnini -Miami- nos permite constatar la conjunción de años de trabajo. Ante nosotros tenemos un despliegue en el espacio de nueve esculturas y once formas madi tridimensionales que es a la vez poético y enigmático. El conjunto presenta distintas instancias de su trayectoria que cautivan la mirada del espectador por sus tentadoras superficies e insólitas formas. La pasión que imprime a su trabajo se traduce en ese cúmulo de sensaciones que comparte con el espectador, lo que facilita la percepción de las atmósferas sugeridas en cada una de las esculturas obligándolo a detenerse y a pensar. Desde que empezó a exponer su obra en 1955, ha producido un trabajo que permite apreciar el desarrollo de un proceso de búsqueda bien dirigido hacia sus objetivos, que no se estanca en logros ni rehuye cambios de lenguaje cuando los juzga necesarios.
Formado dentro del espí­ritu del constructivismo, dentro de la herencia artí­stica de Joaquí­n Torres Garcí­a, preparada por la herencia de grandes maestros de la historia del arte, como los rusos-Tatlin, Rodchenko, Lissitzky-, húngaros -Moholy-Nagy, Péri Laszlo-, holandés -Vantongerloo-, su escultura sigue un desarrollo coherente y justifica su obra en el ámbito del espacio real que logra objetivar sus valores plásticos. Siguiendo esa enseñanza entró en la modernidad racional y el MADI, movimiento que integra desde hace casi dos décadas, donde aprendió la negación de considerar la tela como una simple ventana a través de la cual aparece el sujeto. La forma exterior de algunas de sus obras trae a la mente con insistencia, por lo limpia y escueta, los iconos suprematistas de Kasimir Malevich, creados bajo un concepto riguroso de la abstracción, pero impregnados de sentimiento.
La mayor parte de su trabajo escultórico constituye una exploración sobre los diferentes materiales y una meditación sobre la naturaleza "Yo tengo necesidad de la vida, de la realidad que se mueve todo el tiempo. Salgo, observo, percibo un pedazo de madera, un hilo metálico y lentamente una forma comienza a dibujarse en mi cerebro". Vigor, sensibilidad, autenticidad se frecuentan con audacia en sus estructuras en madera, planos sutilmente desplazados, llenos, vací­os y oposición de colores, donde todos los matices del ocre, el azul de ultramar y el negro acentúan la fuerza de su obra y vislumbran imperativamente la huella de sus ancestros, los indios charruas.
Sus investigaciones tienden ardientemente dentro de un espí­ritu de simplificación hacia nuevas riquezas de lenguaje donde lí­neas y colores, planos y organización son los factores esenciales de una forma sujeta al tratamiento de la espacialidad. Sus pinturas-objetos y esculturas en madera, combinaciones de formas inéditas - sobre todo cí­rculos y rectángulos - son construcciones monocromas, donde cada unidad coloreada es tratada con una ciencia refinada que evita todos los escollos del ilusionismo estético para dejar emerger solamente los tonos con matices complejos. Sus obras tienen la ambición de apoderarse de los movimientos, los más esenciales. Con un ritmo que es como la serenidad que sucede al combate donde se concilian las batallas de color. Más allá del cuadrado, la obra de bolí­var es experimentación, innovación, certeza, sin nostalgia por el simple placer de mirar. La pureza que la abstracción de bolí­var hace surgir es la que encontramos en el arte popular latinoamericano, en particular en su paí­s, Uruguay.
Si tuviera que anotar un concepto que nos diera una pista para adentrarnos en el arte de bolí­var pronunciarí­a la palabra ritmo, ese ritmo que se da en lo lineal, no en la lí­nea misma sino en el recorrido que hace esa lí­nea. La que con delicadeza va trazando formas sutiles, limitando espacios. Ese recato, lejos de restarle fuerza mantiene cada una de sus composiciones estructuradas. Enfatizando la lí­nea y las áreas de colores, disolviendo el contexto en que se sitúan las obras, crea un efecto de abstracción, prácticamente atemporal planteando así­ una propuesta muy personal en la representación de las esculturas que despojadas de peso, se disocian de cualquier referente real.
Una obra, en términos generales, marcada por el predominio de la lí­nea y de la expresión, rasgos que alcanzan la máxima dimensión. Por una parte se ve que siente la materia y el color con singular hondura y que los maneja con exquisita maestrí­a, enriqueciéndolos a veces hasta la saturación. Se lo ve organizando las masas con trazos certeros y definitivos, pasando de una escultura cerrada, a una masa aireada y sutil. Ambas se pueden analizar bajo la óptica de dos geometrí­as como una métrica unitaria de valores materiales y temporales del espacio. Su obra se caracteriza por un poderoso dualismo expresado por la coexistencia de la materia / color y de la lí­nea / estructura. Formalmente hablando, bolí­var sabe interpretar los diferentes materiales y quienes se acercan a su obra experimentan una sensación de emoción contenida. Su arte surge a través del contacto con las profundidades donde el azar y el orden se interceptan armoniosamente provocando formas sencillas que expresan con fuerza la volumetrí­a tridimensional. Obras que atraen tanto a los deseos de la vista y el tacto como a las sensibilidades de la mente.

Bolí­var Gaudi nació en Salto, Uruguay, en 1932. En 1936 llegó a Parí­s, donde actualmente vive y trabaja. En 1983 se unió al Movimiento Madí­ y desde entonces ha participado en todas sus muestras en Francia, Hungrí­a, Rumania, Suiza, Alemania, los Estados Unidos, Argentina y Uruguay. En 2005 participó en la muestra inaugural del Museo Madí­ en Sobral, Brasil. Presentó su más reciente exposición, Ecuación Madí­, en la Galerí­a Durban Segnini en Miami, Florida.