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La ciudad que crece en la necesidad de las rigurosas moles geométricas de su arquitectura utilitaria, da origen a una visión con ineludibles formulaciones para el cambio de concepto plástico para fijarla. Esa característica tenía -tiene- que vivir la alternativa de constituir formas y colores, composición y detalles, de la pintura. Y una de esas manifestaciones es la que se ofrece en la exposición que Teresa Lascano ha montado en la galería Zurbarán.
Es la ciudad diagramada a violentos contrastes entre la luz y la sombra, sin penumbrosos intermedios ni sensibleras degradaciones. Una técnica de aplicación planimétrica del color recortando los perfiles al aire del convento y el puente, de la terraza o la Plaza San Martín, así como de unas sillas que parecen haber sacado sus formas a tomar sol o el entramado dibujo de una reja.
Arida, ardua es su tarea de síntesis , y sobre todo ingrata porque debe despojarse de todos los aderezos que podían favorecerla en la calle de la comunicación con el espectador, y porque así desnutrida de apoyos sentimentales, su pintura se acerca más al esquema que a la explicación. De ahí a la metafísica de De Chirico no hay más que un tramo. Afronta su decisión sin vacilar, sin buscar refugio en la complacencia pintoresca de los temas que enfoca, y por momentos la suya es una visión aérea de nuestras más tumultosas calles.
El de Teresa Lascano es nombre nuevo en nuestras galerías, retenido especialmente, no obstante en los recientes salones nacionales, por el impacto de su modalidad. Pero no hay duda de que con tan poco ha conseguido ya mucho, como es el haber impuesto una visión de la ciudad que una vez descubierta, entra a formar parte de esa nomenclatura emocional que es la memoria del porteño que constata, como aquí ocurre, la implacable evolución de formas que el arte descubre para hacerlas amables. Eduardo Baliari , El Economista, Mayo '83.
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