Teresa Lascano es una pintora argentina de larga trayectoria y de infinitas facetas artísticas que responden a su ansia de libertad y tendencia a explorar formas, estilos y medios en búsqueda de un dinamismo artístico original y de sello propio. No vamos a entrar a hablar de "influencias" heredadas que interceptan sus obras, ni de posibles movimientos plásticos argentinos con los cuales podría identificarse la pintura de Teresa. Esa es tarea de críticos, especialistas, galeristas o historiadores del arte.
Por lo general cuando se escribe y comenta la obra de un artista interfiere el comentario crítico del experto o del marchand, muy pocas veces aparece el punto de vista del coleccionista desinteresado, de ese ciudadano de a pie que siente el placer del buen arte en sí mismo y se entusiasma ante una obra que, de ser posible, se la llevaría a su casa. Es con este criterio que me arrimé a la pintura de Teresa Lascano, a sus ciudades imaginarias, a su mundo peculiar de imágenes y amplificaciones que toman las formas de grandes estructuras edilicias como si nos encontráramos deambulando por bloques monumentales donde aparece una perspectiva del Corte Inglés, insinuaciones del puerto o barrios de Buenos Aires, o fragmentos de una plaza hispano-árabe de Ceuta . A esta ciudad colonial acude Teresa con frecuencia, para agudizar su retina porteña y entonar sus colores y texturas, ensambladas en un constructivismo que, se ha insinuado, es rioplatense a la manera de Torres García pero que, a mi gusto, no tiene nacionalidad determinada, como quien recorre libremente por Internet en busca de estructuras y mundos abiertos para toparse con volúmenes que inspiran ciudades de mega-construcciones. Es éste, a simple vista, un constructivismo de grandes pirámides que, luego descubrimos, provenían de su pasión fotográfica y del arte digital.
Grande fue mi asombro cuando Teresa me permitió ver que sus grandes moles nacían de un pequeño detalle en una pantalla, o de un rincón iluminado en una simple fotografía de su cámara digital. Ese encuentro me dejó la sensación, aparentemente paradójica, que de una historia u objeto mínimo surgía una composición gigantesca y abstracta, un "blow up" que modificaba la composición original hasta perder su identidad de origen. Había algo fascinantemente frío y despojado en las ampliaciones que llegaban a la tela y, de tanto en tanto, recogían un objeto, flor, rama o ventana que conectan al espectador con la vida cotidiana. Era como si, por medio de ellos, volviéramos a tocar cable a tierra.
Y es que en la pintura de Teresa, en su Serie Ampliación, se transforma en espacios comprimidos, en estructuras que toman personalidad propia en medio de líneas y colores que interceptan el espacio arquitectónico, con una etérea bailarina de Degas a sus pies, humanizando las luces y sombras cilíndricas y rectangulares. Estas magníficas formas, luminosas pero despersonalizadas, parecerían rellenar una ciudad metálica de complejos vacíos, donde se trabaja pero no se vive. Su técnica mixta en macro detalles nos devuelven al contacto con la materia natural que amasan los dedos desde tiempos primitivos y que solo un ojo fotográfico perspicaz es capaz de percibir en su textura prístina y utilitaria.
Sin duda, las técnicas digitales dejan su huella en las imágenes de Teresa que, más que un acercamiento al fragmento humano, crea rincones de inmensos espacios geométricos, muros blancos u oscurecidos por sombras, líneas y colores que interceptan el espíritu del espectador con una sensación inquietante. El visitante llega a ser parte del ensamblado magistral despojado de apoyos humanos. Se encuentra parado entre moles que insinúan catedrales de vidrio y metal, edificios cubistas que no inspiran intimismo sino un dramatismo casi hierático de grandes construcciones inamovibles y solitarias en el tiempo, que pueden deteriorarse pero conservan su misterio interior para el futuro. Son las tonalidades bajas las que reconcilian el ojo humano para no herir el dinamismo visual del caminante y suavizar la armonía de las formas panorámicas que contempla embelesado. Suspendidas en un tiempo, que no es nuevo ni viejo, sino de todas las épocas, hay algo clínicamente distanciador y universal en este constructivismo fascinante de Teresa Lascano, de capacidad creadora insuperable, movilizadora de un lenguaje plástico moderno y luminoso, pero que no tiene explicación más allá de la composición que intentamos descifrar.
La pintura de Teresa Lascano, como ya se ha insinuado, es para degustadores de tendencias actuales y también para los descubridores de lo primitivo ensamblándose con lo moderno, oscilando entre lo nimio y lo universal, abarcando completo, de punta a punta, el arco histórico de la experiencia humana. Estos fragmentos piramidales de su obra, nos invitan a comprender su realidad vivida, su sensibilidad estética, desarrollándose a lo largo de años de persistente labor de taller. Nos inducen a descubrir cómo opera en ella ese núcleo humano que es la gran ciudad a la que le da su barniz y brillo, su compostura y reverberación personal constructivista "una suerte de dialéctica entre lo particular y lo general, entre el todo y la parte" como dejó dicho en una nota Astor Ballada, para la revista de Aerolíneas Argentinas en enero de 2004.
